Íñigo de Loyola en Pamplona

12 enero 2022Artículo

Íñigo de Loyola en Pamplona. Un final y, ¿un principio?

 

Este artículo se publicó por primera vez en el Anuario de los Jesuitas de 2021. Puede encontrar el Anuario completo siguiendo este enlace.

 

Contaba Íñigo poco menos de 30 años. Durante su adolescencia y juventud se había preparado a conciencia para ser un importante hombre de armas, movido por grandes deseos de alcanzar la fama y el reconocimiento de sus semejantes. Había aprendido a codearse con los nobles más importantes del reino y su ambición no conocía límites: quería ganar todas las batallas, adquirir un nombre aun mayor que el de sus antepasados, obtener riquezas y conquistar mujeres con una mezcla de desenfreno y galantería. Todo le iba bien y ahora, en el mes de mayo de 1521, la defensa de Pamplona le brindaba la oportunidad de dar un salto definitivo a su carrera. Por fin podría demostrar, al mundo y al rey, que estaba preparado para ser un importante hombre de la corona de Castilla, al servicio del emperador Carlos.

 

Amanece el 20 de mayo. Íñigo, junto a una pequeña tropa, resiste atrincherado en el fortín interior de la ciudad, cuando ya prácticamente toda la población se había entregado sin luchar. ¿Luchar? ¿Para qué? ¡Qué insensatez! Apenas un puñado de leales soldados mantiene las posiciones ante el numeroso ejército de 12.000 soldados que, bien armado, asedia la fortaleza. Resisten mientras pueden, persuadidos por los argumentos que el joven Íñigo ha esgrimido para no rendirse: mantener la lealtad al rey y el servicio a la corona, luchar con orgullo y nunca perder el honor. Íñigo apenas repara en el sufrimiento que la lucha puede acarrear y en las vidas que se pueden perder. Nada puede frenar su ambición: es hora de mostrar al mundo su heroico código de honor, por el que merece la pena jugarse la vida.

 

Avanzado el día, las fuerzas flaquean, las bajas se van sumando y los soldados que resisten en la pequeña fortaleza apenas pueden aguantar mucho más. Con las cargas del ejército enemigo, comienzan a agrietarse los muros y por una de esas grietas se cuela una bala de cañón que impacta en las piernas del joven guipuzcoano. Medio muerto se desploma. La batalla toca a su fin. Los franceses han vencido. Íñigo ha fracasado.

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Comenzamos el Año Ignaciano conmemorando la fecha de una derrota, de un fracaso. Hay momentos en la vida en que lo más cierto es que algo se acaba y que todavía no se puede ver lo que está por venir. Hay momentos en que lo único que se puede sostener entre las manos es nada y vacío; en los que todo aquello por lo que se ha luchado parece derrumbarse definitivamente y la persona queda seriamente dañada y sin un horizonte que dé sentido a su existencia. Así está Íñigo a finales de mayo de 1521.

 

La primera grieta de Íñigo es la más visible, la de su cuerpo. Como joven de buena posición, cuidaba su aspecto, sus cabellos y sus ropas. Le gustaba deleitar a otros y mantener una presencia joven, varonil, fuerte y atractiva. Aquella maldita bombarda casi le arranca una pierna y le deja maltrecha la otra. Luchará por recuperarse y al final salvará sus piernas, pero nunca recuperará su aspecto anterior. Tendrá por compañera, para el resto de sus días, una cojera que tendrá que aprender a sobrellevar.

 

La segunda grieta es en buena parte fruto de la primera: la quiebra de los ideales. Poco a poco, en su convalecencia en la casa familiar de Loyola, Íñigo cae en la cuenta de que se ha roto no solo su cuerpo. ¿Cómo ser caballero y realizar grandes gestas con esa deficiencia física? ¿Cómo seducir y conquistar altas damas con una fealdad tan notable? ¿Cómo mantener ese ideal juvenil y caballeresco cuando la vejez prematura le ha visitado tan pronto y ha dejado su huella en las heridas y en las cicatrices de su cuerpo? No se puede engañar. Ya nada será lo mismo.

 

Una tercera grieta, más profunda, es la de la propia imagen interna. ¿Cómo podrá Íñigo entenderse a sí mismo cuando se le han desvanecido el cuerpo y los ideales? ¿Acaso deberá llevar en adelante una vida mediocre, resignada y postrada en el recuerdo y en la nostalgia de lo que pudo ser y no fue? ¿Le bastará con el reconocimiento que otros hagan de su valentía y arrojo, o será demasiado poco para quien pretendía comerse el mundo? ¿Qué quedará de su heroísmo, de su orgullo, de su fuerte voluntad de realizar conquistas de todo tipo?

 

En Pamplona el camino apenas ha comenzado. Lo evidente es el fracaso; lo innegable son las heridas. Poco podía imaginar Íñigo que esas rendijas abiertas en la batalla las iba a aprovechar Dios para acercarse a su modo: en silencio, dando mucho que pensar, sanando otras heridas más profundas y mostrando su rostro misericordioso en Jesús, el verdadero Señor al que merece la pena servir.

Written byÉcrit parEscrito porScritto da Abel Toraño Fernández SJ
El P. Abel Toraño Fernández SJ es un jesuita español. Actualmente es maestro de novicios y coordinador del Año Ignaciano en la Provincia de España.

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