El voto de Montmartre y el cuerpo de Cristo

15 agosto 2021Homilía Kolvenbach

Durante este Año Ignaciano, publicamos una serie de homilías que el P. General Kolvenbach pronunció en las fiestas de San Ignacio. En esta homilía, el P. Kolvenbach habla del voto de Montmartre, hecho el 15 agosto 1534 y del cuerpo de Cristo.

Iglesia de Jesús, Roma, 31 de julio de 1984

El 30 de julio de 1556, Ignacio de Loyola manifestó al P. Polanco su deseo de que fuese al Vaticano a pedir al Papa su bendición. Tenía el presentimiento de que se le acercaba rápidamente el fin. Pero los médicos que atendían al Prepósito General de la Compañía de Jesús no daban especial importancia a su enfermedad. El P. Polanco sugiere dejar para el día siguiente la visita al Papa. Pero al alba del día sucesivo, sus compañeros encuentran a Ignacio agonizando. El P. Polanco va enseguida al Vaticano para cumplir su último deseo. Muere el Santo en una pequeña habitación aquí, al lado de la actual plaza del Gesù, entre las 6 y las 6,30 de la mañana, presentes los Padres Madrid y Frusio.

Había llegado al término de su camino tras haberse esforzado heroicamente «por tener ante los ojos, mientras viva, antes de nada, a Dios y luego la forma de este Instituto suyo, que es camino para llegar a El y alcanzar con todas las fuerzas dicho fin propuesto por Dios» (Fórmula del Instituto).

Llamado a sucederle en la guía de la Compañía de Jesús, en esta primera Eucaristía concelebrada con muchos hermanos que en la fiesta de San Ignacio representan a toda la Compañía esparcida por el mundo entero, deseo meditar brevemente sobre una de las etapas principales del «camino para llegar a El» recorrido por Ignacio y que los jesuitas deben seguir como él, si quieren ser fieles a sus enseñanzas y a su espíritu. Porque precisamente este año conmemora la Compañía de Jesús los cuatrocientos cincuenta años del gesto de Ignacio y sus primeros compañeros en Montmartre. Ignacio con Pedro Fabro de Sabaya, los españoles Santiago Laínez, Alfonso Salmerón, Nicolás Alfonso de Bobadilla, Francisco Javier y el portugués Simón Rodrigues el 15 de agosto de 1534 en la iglesita de Montmartre, con una ceremonia más bien singular, pronuncian el voto al que la Compañía ha sido fiel hasta nuestros días.

Simón Rodríguez describe así la liturgia de Montmartre: «El Padre Fabro celebra la Misa. Antes de dar el alimento divino a los compañeros, se dirige a ellos teniendo en las manos la Hostia Santa. Estos, de rodillas por tierra, el espíritu en Dios, pronuncian su voto, uno tras otro (desde su puesto) con voz clara de modo que todos pudieran oírle; después todos recibieron la Eucaristía. Entonces el Padre se volvió hacia el altar y, antes de recibir el pan vivificador, pronunció su voto con voz clara y decidida de modo que todos pudieron oírle» (FN III, 24-27; FN I, 20).

Sin duda alguna su voto comporta la elección de un estado de vida concreto: el sacerdocio; la elección de un género de vida concreto «predicar en pobreza» y un programa apostólico concreto: «Jerusalén», es decir, ir en peregrinación a la Ciudad Santa. En el caso de que tras un año de espera, la peregrinación resultara imposible, prometen presentarse ante el Papa y ponerse a su disposición para ser enviados a donde el Santo Padre considerase más oportuno.

Una misteriosa vinculación real une el voto de Montmartre ante el Cuerpo de Cristo – y no durante la liturgia de la Palabra o en el momento de las Ofrendas – con el misterio pascual de la Eucaristía, el alimento de vida que es Cristo. Después del camino de penitencia, de conversión, de hondas experiencias espirituales, los primeros compañeros, «conquistados para el servicio de Dios por medio de los Ejercicios Espirituales», no querían abrigar en sus mismos deseos mas que el deseo del Señor, que había dicho «Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer» (Lc 22, 15).

La liturgia eucarística de Montmartre hay que enfocarla según el mismo movimiento de los Ejercicios Espirituales que vivieron los primeros compañeros bajo la dirección del Maestro Ignacio. Cuando al final de la elección, el compañero decide conformarse enteramente a la forma de vida que eligió el Verbo de Dios, el Maestro Ignacio le invita a contemplar la Eucaristía, a fin de descubrir en ella la pasión del Señor, con el deseo de transformarse en ofrenda viva al Padre y a los hermanos; pasión eucarística que es la ley de su misma vida, movimiento de entrega y abandono de sí mismo.

No hay comunión con Dios, no hay comunión con los demás sin la Eucaristía, que cumple el misterio pascual en la pesantez de la vida humana, hasta que El venga. La Compañía sería infiel a Montmartre y estaría muy enferma, si el hambre eucarística, si el ansia pascual no se sintieran ya en lo íntimo de la inmensa actividad que sigue ejerciendo en el mundo.

Al pronunciar su voto «ante el Cuerpo de Cristo» antes de recibirlo en la Comunión, los siete compañeros manifiestan claramente que no se proponen pedir que algunos de sus proyectos, algunos programas apostólicos determinados sean bendecidos y ratificados por el Señor. Se ofrecen sencilla y totalmente a Cristo muerto y resucitado, para ser «puestos con El», con el hijo del Padre que lo ha enviado al mundo. Con su gesto, que compromete toda su vida, piden lo que tres años después aconteció en La Storta cuando Ignacio, «mientras hacía oración sintió en el alma una gran mutación y vio tan claramente que Dios Padre 10 ponía con Cristo su Hijo, que no podía dudar a de ningún modo que Dios 10 ponía con su Hijo» (Autobiografía, 96).

En la voluntad de recibir el Pan de vida después de su voto, los compañeros querían pedir y procurar que sobre sus ideas mejores, proyectos e iniciativas hubiera y siga habiendo siempre apertura, para que el Señor en todo momento pueda desbaratar sus planes y ponerlo todo en cuestión para su mayor gloria. A la vez que deseaban con total sinceridad ser concretamente pobres y ejercer su ministerio apostólico gratuitamente, los primeros compañeros tenían en cuenta las exigencias concretas de su apostolado, en las que también se manifiesta el deseo del Señor. Si bien la Tierra Santa era prioritaria entre sus deseos apostólicos, no excluía en absoluto «ninguna otra misión entre fieles e infieles», según cuanto disponga el Vicario de Cristo.

Fiel al voto de Montmartre, la última Congregación General ha afirmado: «Nuestra vida, a ejemplo de la de Ignacio, está enraizada en la experiencia de Dios que por medio de Jesucristo nos llama, nos recoge en unidad y nos envía en misión. La Eucaristía es el lugar privilegiado en el que celebramos esta realidad. En la medida en que está unido a Dios «para ser guiado rectamente por su mano divina», el jesuita es un «hombre enviado». Y así, en todas las cosas sabrá encontrar a Dios presente en este mundo, donde se combate la batalla entre el bien y el mal, entre la fe y la incredulidad, la aspiración a la justicia y a la paz y las crecientes injusticias y divisiones» (CG 34, d. 11). Ninguna radicalización de una opción apostólica por valiosa que sea; ninguna rigidez ni inmovilismo, nada de evitar mirar de frente a la realidad, al porvenir de la Iglesia y de la humanidad, nada de cerrazón al futuro, a los años del Dos Mil que nos esperan. El compromiso es sumamente exigente. Por esto, fieles al voto de Montmartre, las últimas Congregaciones Generales han insistido en el discernimiento apostólico de la Compañía y en su apertura al Espíritu, a fi n de que la Compañía no se encierre en lo pasado ni se satisfaga con lo presente, sino que se inserte en el misterio pascual que se va cumpliendo continuamente a la espera de Aquel que viene.

La fuente, la raíz, el fundamento, el estímulo del compromiso del jesuita en la Iglesia y en el mundo es esta consagración ante el Cuerpo de Cristo, a Cristo Eucaristía que se da al compañero que se le entrega a su vez. Sin la Eucaristía, hasta la más extraordinaria actividad del jesuita sería hueca banalidad; con la Eucaristía, la vida más humilde de un jesuita puede llegar a ser amor heroico. El Diario espiritual de Ignacio nos hace tocar con la mano la experiencia eucarística del Santo, su ascética y mística esencialmente eucarísticas, centradas en el Sacrificio de Cristo. Las grandes gracias, las inspiraciones fuertes le llegan casi siempre en la celebración eucarística o se refieren a ésta. El 23 de febrero de 1544 escribe: «Durante la celebración noto varios sentimientos en confirmación de cuanto he dicho. Y mientras tenía el Santísimo Sacramento entre las manos, me sentía impulsado a decir, sintiendo una fuerte emoción interior, que jamás le dejaría por todo el cielo, o el mundo, o etc.; y experimentaba nuevas mociones, devoción, gozo espiritual. Añadía que, por mi parte, haría todo cuanto dependía de mí; y esto último querían tener presente los otros compañeros que habían firmado. Durante el día, todas las veces que fijaba la mente o se me presentaba el recuerdo de Jesús, un cierto sentir o con el entendimiento, continua devoción y confirmación».

Entrega total ante el Cuerpo y Sangre de Cristo, alimento y bebida del jesuita, no puede no ser hermandad, koinonia, «participación de bienes y de vida, con la Eucaristía en el centro: sacrificio y sacramento del don de Jesús, que amó a los suyos hasta el fin» (cf. CG 32, d. 2, n. 18). Como los primeros compañeros que, renunciando a todo tipo de individualismo, quieren ser apostólicamente solidarios, abiertos los unos a las inspiraciones de los otros, teniendo los Ejercicios como lugar de encuentro, con el carisma del Maestro Ignacio como guía y con la Eucaristía como única fuente de su vida de «amigos del Señor». Cada miembro de toda comunidad de jesuitas tiene presente siempre lo que San Ignacio dice del amor que consiste en hacer partícipes a los que se ama de cuanto se tiene y cuanto se es» (CG 32, d.2, n. 18; Ej. Esp. 231), «con la oración, el intercambio fraterno, la celebración de la Eucaristía» (CG 32, d. 4, n. 63), como en Montmartre.

Y entonces, también pobreza, sin compromisos, sin hipocresías. «Predicar en pobreza» como y con Cristo pobre, humilde, dócil, despojados de todo en la Eucaristía, a fin de ser para – 16 -todos y de todos, fiel al Padre en plena libertad. Ayer como hoy la Compañía, fiel a Montmartre, no debe desanimarse ni cansarse de vivir – penosamente con frecuencia – la tensión que en nombre del Evangelio le impone el amor preferencial, no exclusivo, por los pobres; la tensión que le impone eucarísticamente el amor pascual para luchar contra cualquier pobreza material o espiritual, a fin de que los hombres no vivan sólo de pan, sino del Pan de Vida.

El 31 de julio de 1556 muere Ignacio mientras su secretario corre a pedir la bendición del Vicario de Cristo, a cuyo servicio se habían puesto Ignacio y la Compañía, siguiendo la indicación de Jesús. Muere enteramente abandonado al Padre, transformado como Jesús y con Jesús en Víctima, Eucaristía viviente por la salvación del mundo.

Esta es la Compañía de Jesús.

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Written byÉcrit parEscrito porScritto da Peter Hans Kolvenbach SJ
Peter Hans Kolvenbach SJ (30 de noviembre de 1928 - 26 de noviembre de 2016), jesuita holandés y vigésimo noveno Superior General de la Compañía de Jesús.

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