Qué puede enseñarnos la conversión de San Ignacio 500 años después

9 noviembre 2021Artículo

Qué puede enseñarnos la conversión de San Ignacio 500 años después

El P. Jean Luc Enyegue SJ de Camerún reflexiona sobre el significado de la conversión de San Ignacio para nosotros hoy. Este artículo se publicó por primera vez en America Magazine.

En 1597, a una mujer de Mallorca llamada Noguere le aplicaron unas reliquias de San Ignacio el mismo día en que había quedado completamente ciega. Contó después que la colmó de suave consolación un cierto olor a rosas. Sintió que se le calmaba súbitamente su agudo dolor de ojos. Primero comenzó a ver borrosamente, y al día siguiente veía ya con nitidez. Esta curación fue uno de los milagros en que se apoyó la canonización de San Ignacio de Loyola.

Este año, desde el 20 de mayo y hasta el 31 de julio de 2022, celebra la Compañía universal, junto con toda la familia ignaciana, el itinerario espiritual seguido por Ignacio desde el 500 aniversario de su conversión en 1521 hasta su canonización en 1622. En el contexto de este Año Ignaciano, la historia de Noguere puede ayudar a entender la conversión como un proceso que va desde la curación de una ceguera hasta ver con claridad.

La historia de Noguere puede ayudar a entender la conversión como un proceso que va desde la curación de una ceguera hasta ver con claridad.

 

El 20 de mayo de 1521, durante la batalla que se libraba en la ciudad española de Pamplona, una bala de cañón rompe una pierna a Íñigo López de Loyola, y le hiere la otra. Este accidente, hace a Iñigo tocar el fondo de su vida, hasta entonces devastada y ensombrecida por numerosas pérdidas y por una desmedida ambición. Aquel hombre herido en Pamplona era un huérfano de 26 años, que había perdido a sus padres a temprana edad. Uno de sus hermanos había muerto en el campo de batalla. Otro había emprendido la aventura de las Américas, para nunca retornar a casa. Cuando se produce la batalla de Pamplona, su nuevo señor y padre adoptivo, Juan Velásquez de Cuéllar, tesorero mayor de la corona, que había introducido a Íñigo en los entresijos y la diplomacia de la corte, había perdido ya su posición privilegiada.

La conversión de Ignacio tiene lugar durante la larga recuperación de sus heridas, cuando lee la vida de algunos santos, como Francisco y Domingo. Ignacio cambia sus sueños de realizar hazañas heroicas en el campo de batalla por los de servir heroicamente a Cristo. La bula de canonización del 12 de marzo de 1622 da noticia de que Ignacio escuchó la voz que lo llamaba de los honores mundanos y el servicio a las armas a una vida santa, que lo condujo finalmente a la fundación de la Compañía de Jesús y, en último término, a prestar ayuda a las almas en el mundo entero.

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Aunque el tema general de este año jubilar es la conversión, a esta conversión subyace una invitación a “Ver nuevas todas las cosas en Cristo” (2 Cor 5,17). Ver “con toda nitidez”, como Noguere, o ver nuevas todas las cosas, como San Pablo, implica reconocer primero alguna forma de ceguera. Luego, al ser tocados por las reliquias de Ignacio -es decir, una vez inspirados por su experiencia y tradición espiritual- podremos permitir que Dios nos consuele, y salir al encuentro de nuestro presente y nuestro futuro con renovada fe y esperanza.

Nuestro mundo afronta retos nuevos. Ya sólo el Covid-19 ha desbaratado nuestro normal modo de vida. Necesitamos fe para recobrar la vista. La Congregación General 34 de la Compañía de Jesús declaraba en 1995 que “sin la fe, sin una mirada de amor, el mundo humano parece demasiado malvado para que Dios sea bueno, para que pueda existir un Dios bueno. Pero la fe reconoce que Dios actúa a través del amor de Cristo y el poder del Espíritu Santo para destruir las estructuras de pecado que afligen los cuerpos y los corazones de sus hijos”.

La Congregación revistió un significado especial, en parte porque tenía lugar en un momento en que la Compañía se sometía a examen a sí misma. Fue un momento en el que, como escribía la misma Congregación, “hemos constatado nuestras limitaciones y debilidades, nuestras luces y sombras, nuestros pecados”. Sin embargo, en medio de un mundo que se deteriora, los jesuitas, encuentran “también lo mucho que existe de acertado y de bueno”. La Congregación fue capaz de ver nuevas las cosas, y se comprometió otra vez a “seguir a ese Cristo, Señor Crucificado y Resucitado, en peregrinación y trabajo”.

La conversión de Ignacio no fue fulminante tras su caída en Pamplona. Pero este incidente marcó nuevo rumbo a su vida. Le dio un vuelco y obligó a Ignacio a examinarse a sí mismo. Y con este despertar espiritual, comenzó sentir ardiente deseo de santidad y gran celo por hacer grandes cosas por Dios. Esto lo llevaría finalmente a iniciar un largo proceso de entrega personal.

El atractivo de esta conversión en nuestros días reside en que, en una situación desesperada, Ignacio es capaz de entablar una gran intimidad con Dios. Y renovar su relación con Dios, le hace capaz de reenfocar su vida, hasta ese momento desestabilizada. Ignacio pone a Dios en el centro de su vida. Deja de mirar al mundo con miedo para verlo con esperanza y lleno de deseos de incendiarlo de amor a Cristo.

El atractivo de esta conversión en nuestros días reside en que, en una situación desesperada, Ignacio es capaz de entablar una gran intimidad con Dios.

 

Este Año Ignaciano no se limita a conmemorar la conversión de Ignacio: culmina con su canonización. La causa se apoyaba en diversos milagros atribuidos a su intercesión, como la citada recuperación de la vista de Noguere tras la aplicación de unas reliquias. Aunque hablar de reliquias y milagros pueda parecernos contrario al extremo racionalismo de nuestro tiempo, tenemos el deber de hacer que “reliquias” y milagros cobren sentido en nuestros días. Somos herederos de la tradición ignaciana y guardianes de las “reliquias” espirituales de Ignacio. Estamos en deuda con la rica tradición ignaciana, que, aunque hunde sus raíces en el cristianismo de la Edad Media, se abre con audacia al mundo moderno. Las circunstancias concretas de la época de Ignacio supusieron una oportunidad para conformar la Compañía de Jesús, que a su vez ayudó a introducir unas transformaciones en la Iglesia que afectaron a su forma de llegar al mundo.

Los milagros siguen formando parte de nuestra práctica espiritual. Cuando nos vemos ante una tragedia, nos enfrentamos a una enfermedad incurable, a la pérdida de un trabajo, de un amigo o de un hermano muy querido, rezamos a Dios en el secreto de nuestro corazón para que intervenga. El verdadero milagro puede que no sea que nuestros deseos y las plegarias que dirigimos por estas intenciones se vean cumplidos. Sí lo será el consuelo que puede invadirnos desde un hacer más honda nuestra fe en Dios. El verdadero milagro, para quienes como Ignacio ponen su esperanza en Dios y confían en su cuidado y providencia, es creer que no hay accidente, tragedia o fracaso que no puedan ser superados. Aquel fondo al que Ignacio llegó en 1521 se trasmutó en pista de lanzamiento hacia aventuras de mayor calado, más profunda autorrealización y éxito verdadero. La Iglesia ha considerado que el proceso seguido por Ignacio entre 1521 y 1622 puede constituir un modelo para otras personas.

En África y en su Iglesia en crecimiento, existen muchos motivos para la esperanza, pero también para desesperar. La celebración de un jubileo refuerza nuestra esperanza en que las cosas pueden cambiar a mejor. Los enfermos pueden sanar. Podremos ver restaurada la paz. Puede brotar aún la alegría del Evangelio. Los reyes de España, Francia y Baviera fueron capaces de aparcar las sangrientas rivalidades que los enfrentaban para contribuir con su impulso a la canonización de San Ignacio. Como ellos, todos los cristianos podemos hoy ayudar a construir una comunidad mundial en paz, crear redes de solidaridad y amistad para mayor gloria de Dios y servicio de los más pobres. Ver todas las cosas nuevas es renovar nuestro compromiso con la visión original que tuvo Ignacio sobre lo que era profundidad espiritual, amor y servicio a la Iglesia y a la sociedad.

 

(Imagenes Ⓒ Ignasi Flores).

 

Written byÉcrit parEscrito porScritto da Jean Luc Engyegue SJ
Jean Luc Enyegue, S.J., es un jesuita en el Camerún. Se doctoró en la Universidad de Boston y es director del Instituto Histórico Jesuita en África, con sede en Nairobi, Kenia.

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