Frente a frente con Jesucristo

11 abril 2022Homilía Kolvenbach

Durante este Año Ignaciano, publicamos una serie de homilías que el P. General Kolvenbach pronunció en las fiestas de San Ignacio. En esta homilía, el P. Kolvenbach habla del encuentro con Jesucristo.

Iglesia de Jesús, Roma, 31 de julio de 2000

Para todos nosotros es una gran alegría celebrar, por fin, la fiesta de San Ignacio junto a su tumba en esta iglesia de Jesús, espléndidamente restaurada.

En el Evangelio que hemos escuchado, el Señor plantea a este grupo de doce hombres de Palestina una pregunta decisiva. Por ellos ha sabido el Señor todo lo que la gente dice de El y los apóstoles le han referido lo que se comentaba sobre El entre el pueblo, y también las respuestas oficiales de los teólogos: un profeta, Elías que ha vuelto. Pero al Maestro le interesan más las reacciones personales, las respuestas verdaderas y auténticas de los apóstoles: «Vosotros ¿quién decís que soy yo?». Si oramos esta pregunta de Jesús con y en el espíritu de San Ignacio, se nos invita a no considerar este pasaje del Evangelio como evento del pasado que definitivamente es pasado, sino como encuentro personal con Jesús que acontece en el hoy de Dios – ahora – y del que brota una interrogación a cada uno de nosotros: y tú ¿quién dices que soy? No para provocar una mera información, sino al contrario para estimulamos a tomar posiciones respecto de este Jesús de Nazaret, el Señor muerto y resucitado, vivo entre nosotros: en concreto ¿quién es para mí este Jesús?

No es suficiente responder con fórmulas hechas aprendidas en el colegio: Jesús nos pide que le digamos con palabras nuevas, con términos muy personales, qué es mi fe en El aquí y ahora. La vida de Ignacio con su plena disponibilidad a hacer cada vez más lo que el Señor le pidiera, era la respuesta de Ignacio al interrogante de Jesús: tú ¿quién dices que soy yo? Adopta una postura, haz tu elección. No sólo el Evangelio de esta tarde, sino todos los misterios de la vida de Cristo fueron para Ignacio otras tantas peticiones del Señor a tomar decisiones concretas en su vida. Ignacio nos invita a hacemos personalmente presentes en la historia sacra, a no considerarla bella historia del pasado, sino presencia real entre nosotros, inspiradora presencia de Cristo en nuestra existencia. Todo el ejemplo de Ignacio nos prueba que la Escritura santa – orada, meditada y contemplada todos los días – nos ilumina la inteligencia con la luz de Cristo y nos orienta la voluntad hacia decisiones y posturas, proyectos y opciones adoptados en el Espíritu de Cristo, y lentamente nos transforma el corazón de piedra tan reacio en creer, tan duro para abrazar el corazón de Dios en la familiaridad con el Señor.

El Evangelio de este día no ha perdido nada de su actualidad ni tampoco de la ayuda de San Ignacio para responder de todo corazón. Muchos contemporáneos nuestros creen en Dios o, al menos, en algo que les supera, en una forma de trascendencia creadora; pero han perdido la fe personal en Cristo, ya que el misterio de un Dios encarnado, de un Cristo muerto y resucitado, escandaliza y parece locura. A través de la contemplación del misterio de Jesús – de lo que está escondido y de lo que está velado – Ignacio quisiera llevarnos y acompañarnos hacia una fe adulta, una fe despojada de todos los estorbos inútiles para volver a lo esencial de nuestra fe: dime quién soy yo para ti. Este Jesús que siendo creador vino a hacerse hombre: ¿Qué he hecho por Cristo, qué estoy haciendo ahora por Cristo y qué debo hacer por Cristo? Responder a estas preguntas con fe adulta exige en nosotros un corazón de niño, abierto y generoso.

Pero no se detiene en un pasaje del Evangelio: se abre a toda la Buena Nueva de Cristo. De hecho el Evangelio de esta tarde no concluye con la decisiva pregunta: Y tú, quién dices que soy yo? Al escuchar la contestación de Pedro, Jesús proclama: tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Numerosos contemporáneos nuestros serán tentados de dar una contestación entusiasta a Jesús, pero para no ir mucho más lejos. En toda la pureza de su divinidad y su humanidad puede movernos el corazón, pero ¿cómo dar un sí leal a este hombre, Pedro, el primero de los apóstoles indudablemente, pero también hombre de tanta traición, vileza y debilidad?

Este aspecto humano del primer Vicario de Cristo en la tierra, de ningún modo impide a Ignacio amar apasionadamente a Cristo Nuestro Señor, el Esposo, y a la Iglesia jerárquica, su Esposa; y de servir a Cristo Nuestro Señor y a aquel a quien en la plenitud de su amor, ha querido sea Vicario suyo en la tierra; de reconocer las decisiones y deseos del amor del Señor a través de la Iglesia de Pedro. Porque, confiesa Ignacio, en el fondo es el mismo Espíritu el que gobierna y guía y dirige y rige nuestra santa madre Iglesia.

Este año en el que tantos peregrinos emprenden el camino que trae a Roma, debemos recordar a Ignacio y sus primeros compañeros que, deseosos de prestar el mayor servicio para gloria de Dios, se ponen en camino hacia la Ciudad Eterna para sencillamente preguntar al Vicario de Cristo a dónde ir, a dónde ser enviados a fin de continuar la obra del Señor, sobre todo entre los que no conocen a Jesús o lo conocen mal. No quieren realizar una obra propia sino una obra de la Iglesia bajo la guía del único que puede decirnos: Cristo está aquí, Cristo no está ahí. De modo que para responder a la pregunta que nos plantea el Evangelio de esta tarde «Y tú ¿quién dices que soy yo?», en su visión mística San Ignacio está convencido de que si permitimos responder al Espíritu que habita en nosotros, nuestra contestación será a la vez muy personal y muy eclesial porque, dice San Ignacio, «el mismo Espíritu divino está presente en todo». Basándose en la vida y experiencia de Ignacio, ya desde los principios la espiritualidad de la Compañía responde así a la pregunta de Jesús: «la Compañía camina por la vía del Espíritu, combate por Dios bajo el estandarte de la cruz de Jesús, sirve a solo el Señor y a la Iglesia, su esposa, a las órdenes del Romano Pontífice, Vicario de Cristo en la Tierra».

Y tú ¿quién dices que soy yo? Pidamos por intercesión y a ejemplo de San Ignacio que se nos conceda dar a este interrogante una respuesta personal inspirada por un amor, un celo nuevos hacia El y su esposa, la Iglesia de Roma fundada en Pedro. La unión con el cuerpo y la sangre de Cristo haga de nosotros una respuesta de amor para mayor gloria de Dios y servicio a su Iglesia y a Aquel que la preside en la caridad.

Descubre las otras homelías aquí.

Written byÉcrit parEscrito porScritto da Peter Hans Kolvenbach SJ
Peter Hans Kolvenbach SJ (30 de noviembre de 1928 - 26 de noviembre de 2016), jesuita holandés y vigésimo noveno Superior General de la Compañía de Jesús.

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